sábado, 12 de marzo de 2011
Capitulo 2.1
Fui al Cristu y namoréme,
fui al Cristu y namoréme,
¡malaya de namorar!
Dende que te vi aquel día,
morena mía,
nun te puedo olvidar,
¡malaya de namorar!
Con el tiruliruli, tirulirulí, tirulirulá,
amores que yo tenía,
con el tiruliruli, tirulirulí, tirulirulá,
¡malaya de namorar!
Los hombres cantaban a pleno pulmón mientras caminaban por la senda que les conducía al hogar. El sol se escondía entre una montaña de nubes lejanas, y los pastores conducían a las ovejas en medio de un ambiente enrojecido. A los dos lados del camino las hayas y los robles secaban sus hojas que ya caían si interrupción. Las setas surgían aquí y allí en grupos. Las ardillas rojas nos miraban desde sus madrigueras en los árboles.
Íbamos todos vestidos de manera parecida. Pantalones arremangados por la espinilla, camisa amarillenta del uso y de los días sin ver el jabón, algunos también con chaqueta de pana negra zurcida. El pelo corto y peinado hacia atrás con aceite dejando la frente despejada. Las manos y el rostro ennegrecidos producto la exposición durante el verano a campo abierto. La tierra manchaba buena parte de nuestras ropas y arrugas de la frente. Todos nosotros llevábamos una vara que nos facilitaba dirigir a las ovejas.
viernes, 11 de marzo de 2011
Capitulo 1

Dicen que el honor pertenece a la oscuridad. A la oscuridad de una época pasada de moda. Allí donde la gente no era libre de decidir su destino y vivia asustada por el temor de Dios.
Los hay que viven como muertos vivientes. Nunca se han planteado lo que el honor significa, y acumulan la palabra como un vocablo más de su repertorio careciente de trasfondo y sentido. Hablan de honor como de lo que engulleron ese día.
También los hay que lo añoran con amargura apoltronados en un sillón mullido o hundidos en la barra de un bar de mala muerte. Desean, anhelan, suspiran por otra época, otros tiempos, por aquellas mujeres, por aquellas maneras. Se ven fuera de lugar y de tiempo y lloran de amargura deseando que ocurra algo que ubique su sentir en el ecosistema que corresponde.
Otros maldicen el periodo tormentoso que Dios les ha concedido como panorama de su vida. Maldicen que el honor no forme parte de su existencia por culpa del estado de la sociedad que le rodea. La violencia contra todo y contra todos aquellos que parecen confabulados contra el reconcome sus entrañas y acaba loco o llorando de impotencia.
Dicen que el honor ya no existe.
Juran sin saber a lo que ata un juramento. Aman sin amor. Besan sin merecerlo.
Trabajan sin ambición. Fuman sin ganas. Prueban y prueban buscando algo que les llene sin hallarlo…
A veces pienso en el honor y lo personifico en un hombre maduro. La barba hace difícil imaginar la juventud que borró el esfuerzo majestuoso que parece que carga sobre sus hombros. Firmeza en la mirada que con orgullo salido de dentro parece dispuesto lo mismo a arrebatarte la vida ante cualquier injuria, que a salvártela si peligra. Lo evoco gritando de rabia y odio en Flandes. Encarnado en Pedro de Alvarado cuando logro salvar la vida aquella noche que precedió nuestras glorias. En el Cid cuando la espada atravesó el cuerpo del último infante de Carrión. En la genuflexión al Cristo de Lepanto antes de cebar el arcabuz y mandar al infierno a otro perro infiel. Me imagino el honor en tantas ocasiones de nuestro pasado…
Al tiempo que pienso en él como persona, medito sobre su penosa existencia en el presente. Imagino cómo se sentirá al ver que nadie hace uso de él y esbozo que su gastado y orgulloso rostro pese al olvido al que ha sido condenado nos mira a los ojos altanero y desafiante, como si su listón hubiera sido tan encumbrado en el pasado que, pese al olvido a que ha sido sometido, no tenga en mente rogarnos que regresemos a empuñarlo de nuevo. A veces baja la guardia y nos reta a volver a hacer uso de él para acometer nuevas aventuras y sacrificios.
Como es posible que hayan sido olvidadas aquellas hazañas que fraguaban los nobles.
Como es posible que no hayamos podido transmitirlo a nuestros hijos. ¿Fue quizás por nuestra confianza en que la sociedad siempre había alimentado la honorabilidad sin necesidad de propagarla en exclusiva? ¿Fue como otros predican por la corrupción de los clérigos lo que arrastró a las tinieblas a mis muchos hijos y pocos nietos?
Yo conocí nobles. Compartí parapeto, trinchera y cacerías humanas con ellos. Yo he luchado en Asturias, en Madrid, en Cataluña. He derramado mi sangre por Dios y por España. He disparado sobre los enemigos de la fe y de España. He amado durante años sin descanso y sin desvíos. He mantenido los principios que me transmitieron mis padres.
Y ahora, en el fragor de mi última batalla en este mundo, veo pasar mi vida y contemplo mi legado.
Me encuentro postrado en una cama de una residencia de ancianos en mitad de Castilla. Cuento las pocas horas que me quedan de soledad. Mis hijos están muy ocupados en sus trabajos. Mis nietos están muy ocupados divirtiéndose. Mi mujer me está esperando en el otro mundo, y yo estoy esperando con ansia reencontrarme con ella.
Veo una enfermera con la falda demasiado corta pasar por delante de la puerta. Le llamo y le pido que avise a un confesor. Me pregunta que para qué -¿Debería saltarle a la yugular?-. Le respondo que para confesarme. Sale refunfuñando y al cabo de una hora aparece el cura.
Enfundado en un chándal Adidas y bromeando con la enfermera se acerca a mí. Es un sacerdote de carnet. De estos que solo los reconoces en la Iglesia. Me da lástima
verlo de esa manera. Gordito, masticando chicle, oliendo a perfume.
-Necesito confesarme.
-Para eso estoy aquí. El sacramento de la reconciliación es un sacramento que nos descansa y tranquiliza. Hace que nos descarguemos de…
-Necesito confesar mis pecados-le corto con un tono de voz ahogado y confundido en el respirador que tengo acoplado en la nariz antes de que me suelte un discursito empalagoso-, pero no con usted. Tome -y le doy un papel con una dirección y un teléfono apuntados-.
El “cura” se retira de la habitación ofendido en dirección al bar.
A los 20 minutos hacen sonar la puerta.
-¿Da su permiso?
-Pase pase. Le estaba esperando.
Un clérigo pasa andando pesadamente, se quita la chaqueta de punto y se sienta en una silla a la altura de mi cabeza.
Su sotana impoluta contrasta con el blanco de la pared. Su cuerpo encorvado apenas puede con su propio peso y ha de apoyarse en una cachaba de madera encerada por su uso. Sus manos arrugadas aprietan con las pocas fuerzas que les quedan el pedazo de madera que marca su caminar. Si pelo cano se arremolina en torno a una cabeza caída que hace que su mirada se dirija hacia el suelo. Su aspecto desprende simpatía y respeto. Respeto por el habito y por la personalidad que exhala.
-Hola Padre – Le saludo con voz cansada a la vez que toso-.
-Como andamos Juan.
-Al parecer no me queda mucho. El tiempo se me agota y necesito confesarme.
-Claro, claro…
Se me quedó mirando con ojos de pillo. Como si quisiera que me avergonzara por algo que los dos sabíamos.
-A sí. Respecto a aquello que pasó, no fui yo. Quiero decir que no fui yo quien empezó. A Héctor se le ocurrió intentarlo pero el pobrecillo no estaba para trotes así que prácticamente me obligó a hacerlo-Le digo con apuro-.
-Aha…
-Bueno quizás me sobre pasé. Pero tiene una justificación.
-Claro, eso pensaba yo- el sigue manteniendo una mirada incrédula-.
-Cuanto tiempo ha pasado….-Digo para cambiar de tema-.
-Yo volvería a vivirlo.
-Bueno, pero usted a que ha venido. ¿Me va a confesar o no?-me quejo-.
-No cambiaras Juan. Espero que nos encontremos ahí arriba.
-Eso depende de lo bien que usted se porte. Yo le espero allí.
-Jejeje. ¿De verdad fuiste tú?
-Yo y mi ángel de la guarda. ¿Le parece poco?
-No que va. Sobra. ¿Comenzamos?
-Cuando quiera –Le contesto a la vez que hago un esfuerzo para respirar-.
Se pone la estola morada y comienza a murmurar una oración.
-Ave María Purísima.
-Sin pecado Concebida.
-Padre he pecado…..
Suelto mi retahíla de pecados sin saltarme uno. Todo lo que recuerdo desde mi juventud hasta el día de hoy. Todos ellos confesados antes. Pero hoy es un día especial. Es el día en que debo dar cuentas ante el altísimo. Es el día en que por fin veré a mi amor. Espero tener que pasar poco tiempo en el purgatorio, aunque preveo que mi paso por el será obligatorio… Mi cuerpo se apaga. Apenas le quedan minutos…casi lo noto…
-Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo-Termina el padre mientras describe en el aire una cruz con sus manos consagradas-.
-Padre, tome un paquete que está en el cajón de la cómoda. En el papel que lo envuelve esta la dirección a la que tiene que entregarse. Hágase usted cargo.
-Está hecho. No te preocupes, lo entregare esta misma tarde si me dejan en mi residencia- dice sonriente-.
-Nos vemos camarada…Arriba España
-Viva Cristo Rey- Extiende el brazo lo que este le permite.
Una máquina pita continuamente….
El padre se acerca al cadáver. Le cierra los ojos y recita para sus adentros una oración. Se santigua y recoge su chaqueta de punto.
Se encamina hacia la salida mientras murmura entre dientes.
-Dios se apiade de tu alma, amigo.
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